En agosto del año 1960 se estrenaba en el cine Gloria de Elda (situado en la parte final de la calle Elia Barceló) la producción cinematográfica “Con la muerte en los talones”. Como saben los aficionados al “séptimo arte”, es una película trepidante, en la que el protagonista, Roger O. Thornhill, (Cary Gran) se ve envuelto en una situación excepcional al ser confundido, por parte de unos espías, con el agente del gobierno George Kaplan, por lo que debe tomar medidas singulares para hacer frente a ella. Este tipo de situaciones únicas, extravagantes o anómalas, no es algo que suceda a menudo, pero a veces ocurre. El sabio Alfred Hitchcock inmortalizó el momento dejando constancia de aquella historia a través de una película, ya siempre eterna.

Con estas líneas solamente queremos que los sucesos excepcionales acaecidos a la Comparsa de Moros Musulmanes en las fiestas del año 2024, en su 75 Aniversario, no pasen al olvido para las nuevas generaciones o que quede en la memoria solamente como que “aquella noche llovió mucho y nos mojamos”. Creo que merece ser recordada tal y como pasó, cómo fue la intrahistoria del momento. Solamente perdura en mi memoria otro día de lluvia allá por el año 2015, que motivó un reconocimiento de la Directiva para toda la comparsa. Vamos a ello.
El sábado día quince del mes de junio de 2024, en pleno desfile de la Entrada Cristiana, se produjo una de esas excepcionalidades a las que me refería anteriormente. Nuestra comparsa estaba preparada para iniciar el desfile; mi escuadra, Hombres Músul, era la número 21 de un total de 43, y Nova de Alcoi, la banda de música del bloque al que pertenecíamos, según las instrucciones del librito que al efecto prepara todos los años nuestra directiva. Antes de iniciarse el desfile comenté a algunos compañeros que iba a llover, pues había notado alguna insignificante gota perdida revolotear por manos y cara, pero ahí quedó la cosa.
La escuadra estaba formada a eso de las 23:00 horas a la altura del socorrido bar El refugio, donde tantos comparsitas recalan a tomar algún refresco o bebida y, en su caso, a dejar de lado problemas mingitorios. Sonaron los dulces golpes de los timbales, que en ese día y en esos instantes suenan invadiéndonos una gratificante sensación de bienestar. Iniciamos la marcha, primero lentamente, pero a renglón seguido, agilizando el paso. Avanzamos hacia abajo (calle Juan Carlos I), siguiendo la estela de las escuadras que nos precedían, al tiempo que algunas de las de atrás ya no pudieron unirse al furgón de cola, pues tal vez la repentina lluvia les hizo pensar que no se podría iniciar el desfile. Como todos saben, se producen momentos en los que se deja de marcar “el paso” y se acelera a fin de no quedar descolgado de los que van por delante. Los cielos quisieron bendecir aquella “Entrada Cristiana” mandándonos, a la última comparsa que participaba (y a parte de la anterior), unas ligeras gotas de agua que fueron in crescendo rápidamente. Al llegar a la confluencia de la calle por donde iniciábamos el desfile y María Guerrero, se detiene la escuadra, pues ya llovía de una manera nada amistosa. Se habla de refugiarnos al haber parado la escuadra que nos precede, Rasules, pero a renglón seguido observamos que se reanuda la marcha, pues abanderada y capitán, Ana y Carlos, vueltos desde lo alto de sus cabalgaduras hacia sus escuadras y obviando el chaparrón que ya se había iniciado, les invitan con sonrisas y gestos a que les sigan, que el desfile se inicia, que los Musulmanes ni se arredran ni se intimidan ante la situación.
Nuestro cabo, observando que por delante hay escuadras que siguen a la capitanía, anima a la escuadra con un ¡Vamos, adelante! Hacemos piña e iniciamos el recorrido en la creencia de que nuestros cargos ya pasean ante el aplauso de la ciudadanía y debemos seguir su estela. Era un recorrido con un escenario climático bueno (sobre 21º), pero con una lluvia que se suponía iba a minar la voluntad de los comparsistas y dejar expedito el mojado asfalto del recorrido. Pero no fue así. La lluvia arreciaba, iniciamos la marcha expectantes ante lo que pasaba, pues pronto pudimos observar que la banda de música que iba por delante escampaba a derecha e izquierda, en tanto que los Rasules, la escuadra precedente, miraba hacia atrás a ver resultados. Y allí estábamos nosotros que, ante la falta del elemento musical, iniciamos un interminable concierto con la interpretación de nuestro himno, que tan buenos resultados nos proporcionó, pues además de servirnos para marcar el paso, fue un elemento aglutinador que nos insuflaba ánimos para seguir ante la avalancha acuífera que ya sufríamos.
El agua empezaba a empapar nuestro uniforme mientras que a los compañeros que desfilaban en los extremos pronto se vieron inmersos en sendos regueros del líquido elemento a cada lado, que no se podían evitar; se pisaba, nos salpicaba y, por momentos, crecía, crecía hasta llegar a ocupar toda la calzada. Por otra parte, hubo que retirar nuestras lentes correctoras, pues las gotas de agua las recorrían sin clemencia, perdiendo visibilidad. El recorrido fue dejando en su trayectoria a determinadas escuadras que, ante el aumento de la cantidad que caía, optaron por dejar aquel generoso suplicio. A la altura del edifico Ernes alguna escuadra que todavía estaba en pleno combate acuático decidió salir del desfile al quedarse sin banda y aumentado aquel pequeño diluvio. En el recorrido hasta ese lugar y posteriormente tras la plaza Sagasta, los cielos seguían cerrados y generosos con su aportación hídrica. Los Musulmanes seguían desfilando.

Desde el mismo inicio del chaparrón o aguacero no pensábamos ni contábamos con un elemento fundamental, quintaesencia de la existencia de las propias fiestas: el público. Si siempre ha sido desprendido con cualquier comparsa, ahora se superó a sí mismo; allí estaban nuestros sustentadores, que seguían cantando, gesticulando, sonriendo, aplaudiendo y dándonos ánimo. Las sillas se mostraban vacías, pero sonaban aplausos, se oían, acrecentando nuestra interpretación de Elda Musulmana, voces que nos acompañaban en nuestro recorrido: el público más fiel a la Fiesta se cobijaba bajo los balcones, se mantenía en torno a la mojada y solitaria hilera de las sillas, bajo cornisas, paraguas (en algún caso sentado en una tribuna), bares o terrazas, regalando incesantemente los aplausos. Era una gozada, en la desgracia, que nos tocó vivir. El Diario Información comenta que “la noche fue cayendo al tiempo que las escuadras iban finalizando el recorrido, dejando a los asistentes deslumbrados”. 1.
Pasábamos por la plaza Sagasta con una escuadra que nos seguía a bastante distancia, pues algunas abandonaron. A la altura de la tribuna principal, pude observar la escuadra retrasada, sin poder precisar quiénes era. Sí me consta que los números 35 y 36 del orden de marcha, Los Cracks y Pepi Hernández respectivamente, también lo hacían, como así me lo confesaron algunos de sus componentes; los primeros citados, llegaron a improvisar, con sus voces, determinados instrumentos que acompañaban a la interpretación coral que hicimos tantas escuadras.
Respecto a los cánticos, dada la falta de un director que aunara esfuerzos, había momentos en los que se producía el final de Elda Musulmana con el inicio de la misma pieza en otras escuadras. En la calle Dahellos, determinados miembros de alguna banda de música tuvieron el detalle de acompañarnos momentáneamente con sus instrumentos desde el lugar que ocupaban a resguardo de la lluvia, pero al dejarlos atrás retomábamos en solitario nuestras cualidades de vocalistas (recuerdo dos casos, uno en la mitad de Juan Carlos I y el otro en la calle Elia Barceló).
En la calle Elia Barceló íbamos a contracorriente, totalmente empapada nuestra vestimenta, nuestros talones sujetos a las caricias del agua mientras que los zapatos chapoteaban en un río que discurría por toda la superficie de la calzada, no pudiendo eludir lo más mínimo el estrecho contacto con el elemento acuoso; hay quien me ha afirmado notar en el interior de su calzado el movimiento interno del agua en un bamboleo continuo. No obstante, el público, con su apoyo, su alegría, sus gritos sus ¡«Bravo»! «Bravo»! y sus cantos, produjeron nuestro disfrute y comprensión hacia el mundo festero enalteciendo nuestra marcha. Alguna persona consultada me ha llegado a afirmar que fue un desfile fantástico, o que fue “el mejor desfile de toda mi vida de comparsista”; hubo quienes se agregaron a una escuadra al quedarse huérfanos de la suya.
Los cargos, capitán y abanderada, abandonaron el desfile a falta de cien metros del final, en la intersección de Padre Manjón con la calle Cervantes, pues fueron informados por algún miembro de la Junta Central en el sentido de que la Comparsa, salvo sus escuadras respectivas y la de honor, no les seguía; tras mirar hacia atrás en el momento en el que hubo un parón, no vieron a más elementos de sus tropas, y se dirigieron, sobre sus monturas, hasta el Casino Eldense, por lo que no pudieron recibirnos en su tribuna particular del final del desfile, cosa que se hubiera agradecido, y les hubiera engrandecido más, si cabe; su disgusto fue considerable cuando se enteraron de la realidad, viéndose privados de recibir a sus huestes desde la tribuna del final del recorrido.
Al día siguiente tocaba el turno a la Entrada Mora. Las condiciones habían cambiado, los coros de espectadores y comparsistas no sonaban con el mismo entusiasmo, se cantaba igual, pero no se apreciaba un énfasis similar a la noche anterior; los aplausos parecían forzados. Era un desfile como se espera que lo sea en una Entrada Mora, alegre, luminoso y participativo, pero carecía de la expectación, entusiasmo y entrega de la Entrada Cristiana. O tal vez éramos nosotros los que habíamos consumido toda la adrenalina y energía, así como nuestro ardor festero, en la citada noche. Además, solamente sonó Elda musulmana tres veces (inicio, calle Elia Barceló y la última cuando terminábamos, al pasar ante el Centro de Especialidades) y aunque las piezas interpretadas sonaban con fuerza, no eran muy conocidas, como Any d´Alféreces, Ana María, etc. Por momentos, la mirada se perdía en cosas puntuales, como la caída de confetis o los remolinos que la ligera brisa formaba con aquellos colores, rojo, verdes, azul y amarillo. Sin que nadie se vea identificado, cierta displicencia revoloteaba sobre nuestras cabezas, sometidas la noche anterior a un fuerte momento de tensión, tenacidad y resistencia; ahora era un desfile triunfal como los de todos los años, sin el plus que se tuvo veinticuatro horas antes. Muchos festeros han lamentado haberse retirado o no haber llegado a iniciar el desfile.

Este año le ha tocado a los Moros Musulmanes, pero estoy seguro que el día que un hecho excepcional como el que nos ocupa le ocurra a otra comparsa, de principio a fin del desfile, sus componentes sabrán hacer frente a una noche tormentosa y estar a la altura de las circunstancias, pues nunca, nunca, dejaran que sus capitanes deambulen sin su tropa.
Cuando la Comparsa Huestes del Cadí (desfilaba antes que la nuestra, en penúltima posición) habían rebasado la plaza Sagasta, los locutores de Cableworld decían que solamente eran unas pequeñas gotas, pero que veían descargas eléctricas, de temporal, aunque esperaban que la lluvia respetase el momento; pensaban que no iba a llover, que faltan los Musulmanes y se espera que desfilen de una forma espectacular. También recordaban que, en el año 2015, por la lluvia, se tuvo que parar el desfile y hubo comparsas que continuaron.
Pero conozcamos un extracto del diálogo del presentador de Cableworld, Antonio Cayuela, y Pedro García, expresidente de la Junta Central de Moros y Cristianos. El presentador recordaba que “Llueve de forma importante, el agua baja formando un pequeño riachuelo…, mientras alguna cámara cubierta pueda, seguiremos. Él mismo, viendo el espectáculo, manifestaba ¡”Bravo, Bravo!, por los festeros de la comparsa valiente”. Pedro Rico decía, ante las preguntas que se le hacían, que “lo que hagan los Moros Musulmanes es lo que está hecho correctamente”. Al acercarse a la zona televisiva, Rosario Bañón, presidenta de la comparsa, manifestó que “Las bandas se han ido y los cargos no quieren parar”.
“Y la comparsa de Moros Musulmanes continúa, como debe ser”, decía Antonio Cayuela, en tanto que Pedro García añadía que “es lo que quieren los festeros, respeto para todos, desfilen o no”.
Aquella noche una hubo una actividad fuera de lo normal en domicilios de festeros musulmanes: en unos casos limpiaban turbantes, que en ocasiones habían perdido parte del color, en otros limpiaban unas manchas oscuras originadas a partir del agua caída, unos terceros secando la ropa, incluso las hubo que limpiaron el rojo que emanaba de los chalecos, con ropa secándose en terrazas, tenderetes o colgando de balcones. Igualmente, los más jóvenes dejaban sus prendas colgando en las sillas o puertas de los cuartelillos, por lo que al día siguiente era una visión nada rara. Pero con las luces del nuevo día, turbantes, plumas, adornos y demás elementos de fiesta aparecían en estado de revista, listos para la Entrada Mora.
Junto a todo lo expuesto hay que reconocer un hito en la fiesta de la Comparsa de Moros Musulmanes, que desconozco si es algo regulado o se ha realizado por la sensibilización social que se produce en estos aspectos hacia el mundo femenino: por primera vez en la historia una escuadra de mujeres desfilaba tras el capitán y abanderada. Véase qué nos decía nuestro querido Valle de Elda en 1960 respecto a la presencia de la mujer en la fiesta:
“Bien por las chicas eldenses! Tal vez uno de los motivos del éxito de este año se deba a la presencia en las comparsas de muchas guapas muchachas. Es éste uno de los principales objetivos para el próximo año, conseguir que la participación femenina en la fiesta tenga tanta calidad y cantidad como en los primeros años en que las más bonitas muchachas eldenses tenían a orgullo llamarse abanderadas o comparsitas”. 2.
La participación de la que habla Valle Elda está más que conseguida, y los momentos históricos, que aparecen muy a las largas, este año se han regocijado en dos ocasiones: el primero, desfilar sin músicos, bajo la lluvia y cantando Elda Musulmana; el segundo, darle por primera vez la preferencia a las “chicas eldenses” en una Entrada Mora, tras abanderada y capitán. Valle de Elda nos lo recordaba así: “… por primera vez en la historia de la comparsa valiente una escuadra de mujeres abrió la Entrada Mora, concretamente, la escuadra de Zulhaikas”. Felicidades. 3.